La castidad en la vocación a la santidad "El celibato sacerdotal" (Parte II)

En esta segunda parte veremos cómo el llamado especial al sacerdocio ministerial se puede vivir rectamente y con castidad como vocación a la santidad.

La castidad propia del sacerdote es el celibato entendido como un estado de abstinencia consagrada o, “separada”. El celibato sacerdotal, al que deseamos hacer referencia en este espacio, nos expresa el amor total, fecundo, fiel y libre del varón que opta por seguir el llamado de Cristo como donación total de sí.

Esto verdaderamente podría ser contrario a lo que el mundo pueda pensar, parecer insuficiente para lo que la realidad demanda, y hasta puede escandalizar. Sin embargo, esta donación no es para nada privación, sino amor inclusivo e incluyente. Es como si Jesús te dijera: “¡yo me entrego a ti para que tú te entregues a los demás!”

Para comprenderlo mejor, quizá sería necesario recordar a lo que la humanidad está llamada y, desde ahí, mirar el desposorio en el que el sacerdote se envuelve. ¿Qué significa ser humano? Sencillamente significa estar en comunión con Dios y con el prójimo.

El sacerdote con la gracia de Dios muestra la comunión con Dios en la relación con el prójimo, alcanzando un sentido místico, que vivirá en su propia carne y a través de su servicio. Por eso dijimos que esta abstinencia debe ser “separada”, no por desentendimiento del mundo, sino porque decide separarse del mundo para ser vínculo entre Dios y los hombres.

El celibato le permite, entregarse más, mientras que en el matrimonio la comunión es primero entre los cónyuges, y la comunión con las demás personas está determinada por la relación primera, en el sacerdocio, la comunión es con el pueblo en una inclusión máxima. 

Si volvemos a lo que nos proponemos, la vocación a la santidad, relación eterna y permanente con Dios, se ha de vivir rectamente en el matrimonio (como escribíamos en el artículo pasado) o en el sacerdocio ministerial, tal como en este artículo lo hemos querido proponer. Cualquiera que sea el caso, se tiene siempre presente la castidad como tesoro de la santidad.

El celibato en primera instancia pudiera parecer como una contradicción del mismo llamado de Dios a ser fértiles y multiplicarnos, hemos escuchado muchas veces el argumento de que el Señor mismo dice que no es bueno que el hombre esté solo. Pero si entendemos el desposorio verdadero, el que no tendrá distinción en el cielo, entonces podemos captar en el celibato la anticipación de esta promesa.

Exactamente porque la Iglesia entiende el gran valor de la sexualidad y la unión conyugal a la que el sacerdote está renunciando, puede apreciar el valor místico de la gracia que se recibe en este estado de castidad y la gran oportunidad que tiene para alcanzar la dicha de ser santo.

En su misericordia, Dios ha dado como modelo del matrimonio a la Sagrada familia, y ha dado a los que reciben la gracia del sacerdocio, a Cristo, modelo de entrega en el celibato. Sin embargo, en ambos casos el misterio es el mismo: el misterio de amor que alcanza la fidelidad en la más pura vocación humana.


Jorge Manuel Arredondo Sevilla
2do de Discipular (Filosofía)

Bingo sites http://gbetting.co.uk/bingo with sign up bonuses