Experiencia de misión

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Las palabras del envío que nos hace Jesús: “Vayan por todo el mundo y proclamen la buena nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), resonaron con grande fuerza en mi corazón durante la misión de Santa Santa a la que fuimos enviados.

La experiencia la llevamos a cabo en las comunidades del Municipio de Vicente Guerrero, Puebla. De modo particular, Ana Cristina, Diego, Abraham y yo (integrantes del COV), tuvimos la gracia de asistir a la comunidad de “Caporalco Buenos Aires”, un pequeño poblado con tres barrios en medio de la Sierra Negra. Fuimos dirigidos por los mayordomos hasta la capilla del pueblo al que habíamos sido destinados, luego de la misa de envío que se celebró en la cabecera municipal. Abrazos, confeti, flores y porras fueron la expresión de un buen recibimiento por parte de los miembros de la comunidad, quienes dejaron sus ocupaciones del día para asistir a la capilla y darnos una gustosa bienvenida.

Entre las diversas actividades misioneras, aprovechamos las mañanas para reunirnos en la capilla a rezar el rosario de aurora como acostumbran en el pueblo. También llevamos a cabo jornadas duras de visiteo, mediante caminatas de más de dos horas para llegar de un barrio al otro. Recorridos intensos pero gratificantes, pues notábamos la esperanza de la que los nativos del lugar se llenaban escuchando la palabra de Dios, mientras en nuestro interior el espíritu se esforzaba por no dejarse vencer tras el cansancio del cuerpo. Realmente aprendimos a valorar los medios pastorales y de evangelización que tenemos en la ciudad y que en ocasiones no cultivamos. Además, nos tocó atender principalmente la catequesis de niños, pláticas con los adultos y actividades con jóvenes, con quienes se pudo trabajar de modo óptimo mediante la representación de la pasión y la organización de una velada. Los oficios litúrgicos, las celebraciones y los actos de piedad popular fueron muestra de la gran riqueza espiritual que la gente conserva en esos lugares, a pesar de no contar con la presencia de un sacerdote que pueda acompañarlos las 24 horas del día. 

Sin duda, se trató de una Semana Santa distinta a las demás, en la cual nos dejamos sorprender por las grandezas de Dios, desde los majestuosos paisajes que acompañaron nuestros días, hasta el testimonio de amor y devoción de los habitantes del pueblo. Vaya sorpresa la que nos llevamos, cuando la idea de ir a enseñar el evangelio se transformó en un continuo aprendizaje para nosotros.

La alegría con la que la gente nos recibió, la sinceridad que irradiaba su sonrisa, el compromiso y el respeto para los días santos, lograban que Cristo se hiciera presente a cada momento, en persona, a través de ellos. Un esmerado plato de alimento y un corazón puro, fueron siempre la acogida que permitió sentirnos realmente en nuestra casa. Y es grato saber que tuvimos la dicha de disfrutar de diversos escenarios que nos llevaron a la sana convivencia, por ejemplo, los recorridos al monte y las grandes amistades que uno gana en este tipo de experiencias. 

Sin duda, todo aquel que sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero y sabe que Jesús camina con él. Por eso, me atrevo a decir que esta experiencia ha revitalizado mi proceso vocacional, a través de cada momento que Dios me permitió vivir fuera de la ciudad.

OLVERA DÍAZ, Rodrigo Misael
Seminarista de Primero de Teología

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