Cantando y tocando para el Señor con todo nuestro corazón

Para expresar la gratitud por el don de Dios en nuestra vida la oración de alabanza suele ser de mucha utilidad, por no decir la expresión indicada.

Esta comunicación a Dios de lo que sentimos y pensamos en forma de alabanza se diferencia de otros tipos de oración, bien pudiéramos hacer referencia a la oración de petición o intercesión e incluso a la de acción de gracias que probablemente solemos confundir con la de alabanza.

La alabanza a Dios no es solo para aquellos que a veces denominamos “renovados en el Espíritu”, esta forma peculiar de dirigirnos a Dios la hacemos todos, incluso a veces sin distinguirla. Un claro ejemplo lo encontramos en la Misa al proclamar “Santo, Santo, Santo…”, en el Gloria y otras muchas oraciones de nuestra Iglesia.

En la Sagrada Escritura encontramos bastantes ejemplos de alabanza. Uno muy conocido es el del rey David que alababa al Señor ante el Arca de la Alianza (2 Sam 6). Su oración era con júbilo, alegría y danzando con todas sus fuerzas espontáneamente. Incluso el mismo Jesús, lleno con el júbilo del Espíritu Santo, alaba al Padre (Lc. 10, 21- ss.).

Alabar a Dios es reconocer y aceptar su grandeza en el amor, lo que Él es, sin nada más qué agregar de nuestra parte, es identificar o, mejor dicho, dejar que nuestro ser completo viva y exprese quién es Dios y concretar todo esto en palabras, gestos e incluso llegar a silencios donde profundamente reconozcamos que no hay nada más que le podamos decir y nuestro estar ante Él sea un reconocimiento alegre de lo que su presencia en nuestras vidas significa para nosotros.

Si estar alegre con júbilo proveniente del Espíritu y dirigirnos a Dios con todas nuestras fuerzas son algunos de los requisitos que podemos deducir para una auténtica alabanza elevada hacia Dios, podemos preguntarnos: ¿Hace cuánto que no me dirijo a Dios simplemente para reconocerle en mi vida y en la de los que me rodean y expresarle que lo reconozco como mi cuerpo y alma quieran decirlo? ¿Será que sin darme cuenta siempre termino pidiéndole o dándole gracias como si Él fuera un ser para dar y recibir, como un mero medio para servirme al que le tengo que regresarle algo, aunque sea las gracias para no mostrarme mal educado o, en el peor de los casos, para que siga atendiendo lo que le pido? ¿Hace cuánto que no soy yo mismo ante Dios ni me dejo experimentar lo que realmente es Él y no permito que lo que haya entre nosotros sea un verdadero encuentro, un momento de verdadero amor, con verdadera alegría, incluso tal vez de expresión en el dolor que no limita mi relación con Él, antes bien le da la posibilidad de crecer en fidelidad, autenticidad, espontaneidad y verdad?

Se nos presenta la oportunidad de crecer en nuestra relación con Dios y la oración de alabanza es de gran ayuda si la sumamos a nuestras formas de orar ya conocidas. Que la Siempre Virgen María nos enseñe a alabar a Dios reconociéndole con prontitud y disponibilidad de corazón, así como ella en la anunciación.

 

Sem. Luis Adolfo ARELLANO GONZÁLEZ

Diócesis de Ensenada

 

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