La Madre del Hijo eterno de Dios.

¿Cómo hablar de la Virgen María? Cuando hablamos de un personaje importante hacemos recuento de su vida y obras haciendo resaltar sus méritos y los grandes avances y dignidades que alcanzó; pero al hablar de la Virgen María como Madre de Dios, implica ponernos a la luz de la fe para alcanzar a comprender algo del misterio Dios que, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen a fin de unir la divinidad con la humanidad, misterio que llamamos Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Eso quiere decir que Jesús tiene como Padre, solamente a Dios; siendo así que es de la misma naturaleza del Padre en la divinidad, y consustancial a su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo en sus dos naturalezas, divina y humana[1].

De este misterio tan grande de la Encarnación podemos vislumbrar la gran condición que le fue otorgada a la Virgen María: ella, con toda propiedad es llamada Madre de Dios (Theotokos), pues ella, al colaborar, en la iniciativa de Dios Padre, por medio de su fe y obediencia libres en la obra de salvación de todos hombres, con su “Sí” (Fiat), fue constituida “Madre de Dios”, porque verdaderamente es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo[2].

¿Cómo será esto? (Lc 1,34). La voluntad de Dios de comunicarse Él mismo a los hombres ha tomado un cauce concreto, lo ha hecho asumiendo plenamente todo lo que es humano, propio del hombre, otorgándole a este mismo una elevación de su ser; es decir, poniendo en el hombre un germen de vida divina que, aceptado y vivido en la fe, crece y se desarrolla hasta alcanzar la plenitud de la condición a la que es llamado: ser en verdad hijo de Dios.

Esta condición es dada a la Virgen María en virtud o a razón de la Encarnación del Hijo de Dios, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se Encarnó de la Virgen María y se hizo hombre… Y así, se hace efectivo el poder de Dios, pues la participación en la vida divina no nace “de la sangre, ni del deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios” (Jn 1,13). De manera que el rol que realiza la Virgen María consiste en su plena colaboración humana en este proyecto divino que por su fe (Fiat), llega a ser la Madre del Salvador[3].

La Virgen María en su Maternidad divina nos da ejemplo de cómo podemos nosotros llegar a la plena comunión con Dios: colaborando en la fe y obediencia libres en el proyecto de Dios, es decir, en la respuesta generosa a nuestra propia vocación y estado de vida. Y encontrando en ella ayuda y protección que nos asegura llevarnos a su Hijo, quien se hizo hombre para salvarnos.

Pbro. Lic. Benjamín Andrade Ortiz

Asesor General de Seminaristas residentes de la UPM

 

[1] Cfr. CEC 503

[2] Cfr. CEC 509 y 511

[3] Cfr. CEC 505

 

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