Las Cartas Católicas

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Seguramente el lector recuerda célebres frases como: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos”, o “Muéstrame tu fe sin obras y yo, por mis obras, te mostraré mi fe.” 

En un primer momento y por la gran fuerza que tienen, pensamos que dichas sentencias provienen de la pluma de San Pablo; sin embargo, no es así. La primera de ellas corresponde a la Primera carta de San Juan y la segunda, de la Epístola de Santiago. Estas cartas forman parte de un conjunto de escritos a los que desde los primeros siglos se les dio el nombre Cartas Católicas. La razón de este nombre es que, a diferencia de las cartas paulinas, este conjunto de escritos no están dirigidos a una iglesia particular o a una persona concreta. Las Cartas Católicas son siete: una de Santiago, una de San Judas, dos de San Pedro y tres de San Juan. De cada una de ellas, se han escrito libros enteros. Por razones de espacio, nos limitaremos a realizar un breve comentario.

En la Epístola de Santiago se consignan –entre otras cosas- dichos del Señor “que parecen proceder de la tradición oral más que de las enseñanzas escritas.” Esta carta es atribuida al “hermano del Señor”, quien tuvo un rol protagónico en la iglesia de Jerusalén y murió mártir en el año 62. Algunos estudiosos consideran que el griego elegante y la gran fuerza retórica de esta epístola, nos remiten a un autor afín a San Clemente de Roma o el Pastor de Hermas. En la Epístola de San Judas, admitida como Escritura canónica desde el año 200, el autor anima a los creyentes a permanecer fieles y no seguir a aquellos falsos maestros que introducen la increencia en Jesucristo como Dios y Señor.

En la Primera Carta de San Pedro, el apóstol afirma que la vida del cristiano es tiempo de peregrinación porque Jesucristo nos ha reengendrado a una esperanza viva y a una herencia incorruptible e inmarcesible reservada en los cielos. También, nos previene contra las acechanzas del enemigo, quien “ronda como león rugiente, buscando a quien devorar.” La Segunda Carta de San Pedro, advierte, entre otras cosas, del peligro de la caída del fiel, porque aquellos que han conocido el camino de la justicia y regresan al mal, “Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: el perro vuelve a su vómito y la puerca lavada, a revolcarse en el cieno.”  Las Epístolas de San Juan, guardan una gran vinculación temática y estilística con el Evangelio joánico. El autor se autonombra “El Presbítero” y tradicionalmente se ha identificado con el apóstol Juan, aunque algunos sostienen que bien puede ser un responsable de alguna comunidad del entorno joánico.

No es aquí espacio para esa discusión. Lo que resalta en estas epístolas –especialmente en la primera- es la constante consideración de Jesús como el Logos encarnado y vivificador así como la primacía radical y fundante del mandatum novum en la vida del cristiano.

Juan de Dios MANZANO DELGADO
Primero de Teología

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