Jesús, amigo de la mujer

  • Seminario Conciliar de México
Jesús, amigo de la mujer.
El evangelio de hoy se nos presenta como una marcha triunfal de amor a la mujer y de amor a la vida.

XIII Domingo del Tiempo Ordinario.

El evangelio de hoy se nos presenta como una marcha triunfal de amor a la mujer y de amor a la vida. Bajo esta luz el evangelista nos ha narrado el breve pero memorable viaje de Jesús de la orilla del lago a la casa de Jairo: A lo largo del camino una mujer lo toca y queda curada de una penosa e incurable enfermedad; llegado a casa encuentra a la niña muerta, sin inmutarse, la toma de la mano y le dice: "¡Talitá Kum!": Niña, levántate, como parodiando lo que apenas le había dicho al mar: "Enmudece y cálmate". De nuevo la admiración de sus discípulos, no sólo el mar lo obedece sino también la muerte. "Si el hombre pudiese volver a vivir"... suspiraba Job; ahora se dan signos muy claros de que el hombre está llamado a la vida y así lo canta el libro de la Sabiduría que hoy hemos escuchado: "Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes... Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen".

Nos llama la atención que los dos milagros tienen como destinatario el sexo femenino: una mujer y una niña; aquella con sus doce años de enfermedad, ésta con doce años de edad. Y las dos recuperan la salud o la vida perdidas. Doble anécdota que nos invita a tratar el tema de Jesús y la mujer, de Jesús y la Vida. Doble vertiente de suma actualidad en donde debemos proclamar con toda claridad que Jesús era y es un gran amigo de la mujer y que nadie como Jesús ha luchado a favor de la vida y en contra de la muerte.

Jesús con su manera de actuar rompe el tabú de su época y de su raza sobre las mujeres. Para él no son menores de edad ni social ni religiosamente. Habla con ellas, les revela los secretos del Reino, las asocia a su grupo apostólico, están en el círculo de sus amistades, son las primeras a las que les confía el misterio de su resurrección como testigos directos y las primeras mensajeras de esta buena nueva que es el centro de todo el anuncio evangélico. Nombres como la Magdalena, la Samaritana, la Cananea, la Hemorroísa, Marta y María y por supuesto el de su Madre Santísima estarán para siempre vinculados a su vida y a su obra redentora.

Ante el ejemplo positivo del Maestro, la Iglesia ha de seguir sus mejores tradiciones de sano feminismo. Hemos de estimar y defender la igualdad total entre el hombre y la mujer a nivel personal, en los derechos humanos. Pero también debemos afirmar su diversidad, no como contrapuestas o contradictorias, sino como complementarias. No podemos seguir aplicando al hombre y a la mujer la teoría trasnochada de lucha de clases como si fueran dos seres irreconciliables. En el proyecto de Dios el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, pero fueron hechos distintos para la mutua complementariedad y no para la guerra. Apliquemos estos principios a la esfera de lo real en el hogar, la profesión, la sociedad y la Iglesia.

El otro polo que reclama nuestra atención en el evangelio de hoy es Jesús y la Vida. Jesús se autodefine como la Vida: "Yo soy la resurrección y la vida". Ante la tragedia de la enfermedad y la muerte en el cuerpo de los hombres la vida de Jesús está jalonada de curaciones y resurrecciones y ante los hambrientos recurre a su poder para multiplicar los panes. Jesús sigue el ejemplo de su Padre, que es "un Dios no de muertos sino de vivos". Y si por el pecado entró la muerte al mundo, Jesús se encargó de devolver al hombre su destino eterno, muriendo para darnos la vida sin fin.

A imitación de Cristo y de Dios nuestro Padre, el cristiano debe estar comprometido con la vida en cualquier situación en que se encuentre. Es cierto que la historia de la Iglesia está jalonada de obras asistenciales y hospitalarias; en esta línea debe continuar, y en el momento presente debe cumplir su misión de hacer conciencia y contribuir al progreso y al cumplimiento de los derechos fundamentales de todo ser humano. En las circunstancias actuales, en donde tantos cultivan y proclaman una cultura de muerte, el cristiano y la Iglesia misma deben promover la dignidad de la vida humana y defenderla desde su concepción hasta su fin natural.

Pero no hay que contentarse con ese vitalismo y desarrollo humano, de tejas para abajo, meramente temporal. El cristiano y la Iglesia de Cristo deben ofrecer al mundo el tesoro de la vida sobrenatural y gritar el aleluya de la vida eterna. Ante la miopía de los humanismos inmanentes, que se dan de bruces con el paredón de la muerte, debemos invitar al hombre a dirigir sus ojos hacia los horizontes de una vida trascendente sin ocaso de enfermedad ni muerte. El que curó a la hemorroísa y el que resucitó a la niña, nos ha dado la prueba de que esa vida eterna ni es un sueño ni es el mito del Ave Fénix sino una realidad que ya nos conquistó con su propia muerte y resurrección.

En una sociedad en donde con frecuencia la mujer es marginada, su dignidad sometida a múltiples peligros, su integridad objeto de la violencia, su feminidad explotada y comercializada y en donde su aportación de su ser propio de mujer no es reconocido para la transformación de la sociedad, la Iglesia debe estar, a ejemplo de su Señor y Maestro, cercana a toda mujer, ya que sin ella no se dará la humanización de los procesos transformadores que todos anhelamos. Hoy es necesario y urgente promover y defender la vida humana en nuestro país por los múltiples ataques con que la amenazan sectores de la sociedad, tomando inclusive la supresión de la vida humana como bandera de progreso y de lucha social. El cristiano y la Iglesia no pueden quedarse en una simple denuncia de todo aquello que atente contra la vida, a ejemplo del Señor de la Vida debe llevar al hombre y a la mujer a pasar de condiciones menos humanas a condiciones cada vez más humanas, hasta llegar al pleno conocimiento de Jesucristo.

Lejos de un machismo social y eclesial, seamos sanamente feministas, como Dios nuestro Padre y su Hijo Jesucristo, luchando por la incorporación de la mujer a todas las tareas de la Iglesia y de la sociedad. Lejos de un ecologismo chato, que sólo potencia ciertos aspectos de la existencia humana, seamos plenamente vitalistas y ecologistas, defendiendo, por supuesto las ballenas y las tortugas, los arrecifes de corales y los mantos acuíferos, pero también la vida del hombre en su integridad desde el seno materno hasta la eternidad. Este es el camino que nos ha trazado el papa Francisco, leamos atentamente su carta encíclica “Laudato si”, “Alabado sea” y hagamos lo que a cada uno de nosotros corresponde.


Fuente: siame.mx

 

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